Prosperidad
Otro relato de ficción.
No estoy enfadada. Estoy cansada, que es una forma más persistente de odio. Me adentro en la boca del metro de madrugada, cuando salgo del turno y la ciudad aún no ha decidido despertarse, con el uniforme húmedo pegado a la piel. Bajo las escaleras de dos en dos. El torno escupe un pitido rojo que suena a reproche. Apoyo la tarjeta. Error. La vuelvo a apoyar. Paso.
Trabajo doce horas seguidas para que luego me expliquen en la televisión que vivimos en el mejor país del mundo. El mejor país del mundo donde mi nómina no llega al día veinte y donde el hospital se llena de apellidos que no sé pronunciar. No es racismo, es estadística.
Bajo las escaleras mecánicas con la prisa todavía latiendo en el cuerpo. El tren se anuncia en la vibración del suelo. Llega con un rugido y yo entro en él.
En el vagón hay cuatro personas. Una mujer embarazadísima con un pañuelo beige que le rodea la cara sudada. Una chica trans con las uñas rojas y el maquillaje ligeramente vencido. Y una pareja de críos que se besan con esa intensidad obscena que solo da la ignorancia.
Me siento frente a la embarazada. Huele fuerte. A una mezcla que no termino de reconocer. Tiene las manos hinchadas apoyadas en la barriga, como si sostuviera el mundo desde dentro. Seguro que trabaja en uno de esos colmados que no cierran nunca. Seguro que para él todo será un poco más fácil que para los míos. Seguro que alguien me llamaría intolerante por pensarlo.
Hay días en los que entiendo perfectamente por qué llevo el carné del partido en la cartera. Doce horas de turno, dos auxiliares menos de las que deberían, camas en los pasillos, gente esperando desde las ocho de la mañana, pacientes que me miran sin entender una palabra de lo que les digo y yo sin tiempo para repetirlo una tercera vez. Al final de un turno así la empatía deja de parecer una virtud y empieza a parecer un lujo. Sé que el hospital no puede absorberlo todo, que alguien tendrá que poner un límite alguna vez. Luego vuelvo a ponerme los guantes y sigo trabajando.
El tren arranca. El traqueteo ordena mis pensamientos. La chica trans levanta la vista y me sostiene la mirada. Los críos se ríen. La embarazada respira hondo.
Las luces parpadean. El vagón se queda a oscuras un segundo, dos. Un silencio espeso cae sobre nosotros. Luego un frenazo seco. El tren se detiene entre estaciones. Esto pasa por la mala gestión, pienso. Por no invertir en infraestructuras mientras se regalan subvenciones. Siempre es lo mismo.
La embarazada emite un sonido bajo, casi animal. Se lleva la mano al vientre. Respira más rápido.
Ahora no. No puede ser ahora.
Un olor distinto se mezcla con el aire viciado. Un líquido oscuro empieza a extenderse bajo su falda.
—Creo que… —dice ella, en un castellano torpe.
Rompe aguas.
Durante lo que me parece un momento interminable, el tiempo se detiene, hasta que algo en mí rompe la inmovilidad y se adelanta al pensamiento. Me pongo en pie. Me arrodillo frente a ella.
—Tranquila —murmuro, y mi voz suena profesional, firme, casi amable.
La chica trans deja el móvil y se acerca sin que nadie se lo pida. La pareja de críos se separa como si el amor adolescente no estuviera preparado para esto.
—¿Sabes cuántas semanas? —pregunto.
Ella me mira sin entender. El chico ilumina con la linterna del móvil sin dejar de grabar.
—¿Puedes dejar el móvil y sujetarle la cabeza? —le digo.
Ni me mira. Sigue enfocando a la mujer como si aquello fuera un documental. La adolescente se queda completamente blanca.
—Yo… yo no puedo —balbucea.
Da un paso atrás y se tapa la boca. Parece que va a vomitar. La chica trans la agarra del brazo.
—Mírame. Respira. No pasa nada.
La embarazada niega con la cabeza una y otra vez.
—No… no… hospital… hospital…
Intenta cerrar las piernas. Me aparta la mano con una fuerza desesperada.
—Escúchame —le grito—. No llegamos. El bebé no va a esperar.
No sé si entiende las palabras o solo el tono, pero deja de resistirse. La trans le seca el sudor de la frente con la manga de la sudadera. El chico sigue grabando.
—¿Quieres apagar de una puta vez ese móvil?
Baja el teléfono apenas unos centímetros, como si dudara entre ayudar o conseguir un vídeo que luego enseñará durante años. Al final vuelve a enfocarnos. La adolescente rompe a llorar.
—Se va a morir.
—¡No! —la corto sin apartar la vista—. Si quieres ayudar, deja de decir eso.
Pienso en listas de espera, en cupos, en estadísticas, en que este niño nacerá en un sistema que ya está colapsado y aun así cuento las contracciones.
El vagón es ahora una cápsula cerrada donde solo existe su respiración. Cada gemido hace que un segundo dure un minuto. El tren no se mueve. No hay megafonía. Solo nosotros y el sonido de la vida abriéndose paso.
—Empuja.
Ella niega con la cabeza. Llora. Repite una palabra una y otra vez en un idioma que no entiendo. Durante un segundo me mira como si yo también fuera una desconocida que ha decidido invadir su cuerpo.
Empuja otra vez.
La cabeza asoma. Negra. Brillante. Obstinada.
Siento algo que no quiero nombrar. No es ternura. No es alegría. Es otra cosa más primitiva. Un instinto puro que borra todo lo demás.
Fuera del vagón, el país puede estar hundiéndose. Aquí solo existe este cuerpo que se abre.
—Una más.
El bebé sale con un movimiento torpe, resbaladizo. Lo sostengo. Durante un instante se me escurre entre los guantes mojados y el corazón se me sube a la garganta. Lo sujeto antes de que caiga sobre el asiento.
No llora. El segundo siguiente es infinito. Le froto la espalda. Aspiro con la boca el líquido que obstruye. Un gesto que he hecho cientos de veces.
Llora. Un sonido agudo, limpio, que corta el aire como una cuchilla.
La adolescente se deja caer en el suelo y rompe a llorar sin hacer ruido. Como si hubiera aguantado la respiración todo ese tiempo y de pronto ya no pudiera más.
Yo compruebo el pulso. Fuerte. Regular. Se lo entrego a la madre. Ella lo abraza y murmura algo en su idioma. No entiendo las palabras, pero reconozco el tono.
Las luces vuelven. El tren se sacude y arranca lentamente, como si nada hubiera pasado. Me siento en el suelo un segundo. Tengo las manos manchadas. Miro al niño. Tiene la nariz aplastada y los puños cerrados. El tren reduce la velocidad. Una voz mecánica atraviesa el vagón.
—Próxima estación: Prosperidad.
Las puertas se abren. Nos quedamos unos segundos quietos, respirando como si acabáramos de salir todos del mismo sueño. La adolescente sigue llorando. La chica trans me aprieta el hombro. El chico, por fin, baja el móvil.
Durante unos segundos parecemos una delegación improvisada de la ONU. Solo nos falta un traductor y una bandera.
La madre sale en la camilla. El bebé va envuelto en mi chaqueta. Me preguntan mi nombre. Lo digo.
Al día siguiente, el vídeo está en todas partes. “Enfermera asiste parto en metro”. Me llaman del hospital para felicitarme. Me llaman de un programa de la mañana. Dicen que soy un ejemplo de humanidad.
Tres días después recibo una invitación formal de la Asociación de Pakistaníes en España. Quieren entregarme una placa. Hablan de “hermana”, de “mujer valiente”, de “puente entre culturas”. Me parece excesivo.
Esa noche tecleo en el buscador: cómo se dice gracias en urdu. Aparece en la pantalla una palabra que no sé leer: شکریہ.
Pulso el icono de altavoz.
La repito en voz baja.
No estoy segura de pronunciarla bien.

