Overdressed
Una pequeña reflexión sobre mi miedo al exceso.
Tengo un sueño recurrente. Estoy invitada a un evento importante. Llevo un vestido de alta costura con tres metros de cola, pedrería, peinado arquitectónico y unos pendientes capaces de captar señal de satélite. Cruzo un pasillo larguísimo y, cuando por fin llego al photocall, descubro que todo el mundo viste de negro riguroso: jersey de cuello halter, pantalón recto y zapatos planos. Nadie dice nada. Solo me miran con desconcierto.
Hay quien sueña que llega desnudo a un examen. El cerebro es muy aficionado a ponernos en ridículo mientras dormimos. El mío, que siempre ha tenido cierta querencia por la moda, ha actualizado el clásico: en lugar de aparecer desnuda delante de una clase de matemáticas, aparezco en un cóctel vestida para la Gala MET mientras el resto lleva la selección de wardrobe essentials de Net-a-Porter: The Row, Phoebe Philo, Loro Piana.
Es una pesadilla rarísima y, aun así, sospecho que cualquiera con un mínimo de interés por la moda la reconocerá al instante. Nadie habla del miedo a ir demasiado arreglada. Del miedo a que se note que te has esforzado.
Soy andaluza, lo cual convierte mi miedo al exceso en una pequeña anomalía estadística. Nunca he sido especialmente canónica: no sé bailar sevillanas, no me pongo un traje de flamenca desde los doce años y mi humor negro encajaría mejor en cualquier pub de Manchester que en una caseta de feria. Sin embargo, hay algo profundamente andaluz en vivir las cosas con intensidad. Solo que yo siempre he canalizado esa intensidad hacia obsesiones bastante atípicas.
La moda tiene una contradicción maravillosa: exige dedicación obsesiva para que el resultado parezca un descuido. Puedes pasarte cuarenta minutos buscando el jersey negro perfecto para que parezca un jersey negro cualquiera. Puedes cambiarte cinco veces para acabar exactamente con lo primero que elegiste. Quizá por eso siempre tengo el punto de mira en las francesas, dueñas absolutas de ese famoso je ne sais quoi que ellas mismas inventaron. Sospecho que saben perfectamente en qué consiste, solo que no piensan contárselo a nadie.
La ropa, en realidad, nunca habla solo de ropa. Habla de pertenencia. De contexto. De entender el código sin que nadie tenga que explicártelo. Y hay algo profundamente cómico en todo esto: personas adultas, con hipotecas, hijos, trabajos importantes y declaraciones trimestrales de IVA, intentando no pasarse de entusiasmo con un dress code.
Pero entonces surge una duda. En esta obsesión contemporánea por parecer que no nos hemos esforzado, ¿no estaremos confundiendo elegancia con sencillez? ¿Es realmente elegante vestir de negro, llevar el pelo despeinado y aparentar indiferencia? ¿O simplemente hemos decidido que cualquier rastro de entusiasmo resulta sospechoso? Y tengo la impresión de que en lo sentimental ocurre algo parecido.
Llevamos décadas intentando descifrar qué demonios es la elegancia. Se han escrito ríos de tinta sobre ella y, sin embargo, sigue siendo una de esas palabras que todo el mundo reconoce pero casi nadie sabe explicar.
La respuesta me la dio, sin esperarlo, Carine Roitfeld. Para mí es una autoridad moral en cuestiones de moda. Si mañana dijera que este otoño se llevan las bolsas de basura con kitten heels, yo al menos me lo pensaría. Lo curioso es que Tom Ford había dicho exactamente lo mismo años antes. Cuando dos personas así coinciden en algo, puede que debamos archivarlo directamente en la categoría de verdades universales.
Su definición era sorprendentemente sencilla: la elegancia no está en la ropa, está en la actitud. En cómo te sientas, cómo caminas, cómo ocupas un espacio. En parecer completamente tú sin dar la sensación de que has dedicado una tarde entera a construir esa imagen.
Y entonces entendí mi sueño. No tengo miedo a ir demasiado arreglada. Tengo miedo a que se note el esfuerzo. A que alguien piense: “Mira cuánto ha intentado impresionar”. Porque la moda nunca ha sido solo ropa. También es una forma muy sofisticada de esconder cuánto nos importa la mirada de los demás.

