Mudanzas Cariño
Una historia sobre la dignidad
Mudanzas Cariño llevaba ciento nueve años trasladando lo que España se negaba a dejar atrás.
Habían cruzado la frontera con media Andalucía metida en camiones Pegaso durante los años sesenta, cuando Alemania parecía una promesa y una nevera era más importante que un idioma. Habían embalado el piano de una vedette que huyó con un torero, los muebles de tres ministros que juraban no dimitir jamás y la colección de abanicos de una marquesa que terminó sus días en un apartamento de Benidorm.
En la oficina conservaban una fotografía en blanco y negro donde el abuelo Vicente, el primero de los Cariño y de quien descendían tanto la empresa como buena parte de sus empleados, aparecía fumando junto a una caja enorme con un cartel que decía FRÁGIL. Debajo alguien había escrito a lápiz: «Guernica». Nadie sabía si era verdad. La familia sostenía que sí. La madre decía que Picasso jamás habría permitido semejante chapuza de embalaje. La tía Rosario aseguraba que el abuelo había llevado piedra por piedra el Templo de Debod desde Egipto mientras se fumaba Ideales sin boquilla. Nadie discutía esas historias porque en Mudanzas Cariño la realidad siempre había sido una versión provisional de las cosas.
Su lema seguía pintado sobre la chapa de la furgoneta: LO TUYO ES LO NUESTRO. Y bajo ese lema, generación tras generación, los Cariño habían aprendido que ninguna mudanza era solo una mudanza. Y así fue hasta aquella tarde de mayo en que sonó el teléfono.
—Mudanzas Cariño, buenas tardes —contestó Pilar, con el teléfono encajado entre el hombro y la oreja mientras seguía rellenando un albarán.
—Hola, buenas tardes. Quería contratar un guardamuebles. Un contenedor, de los grandes.
—¿De cuántos metros cúbicos hablamos?
—De los más grandes que tengan —hubo una pausa breve—. Necesito que vengan ya, además. Es urgente.
Pilar dejó el bolígrafo.
—¿Urgente? ¿Hay riesgo de derrumbe? ¿Una inundación?
—No, no. Urgente porque tiene que ser esta noche. Ahora, si puede ser, porque a las cinco de la mañana nos echan.
—¿Cómo que les echan? Dígame su nombre. ¿Y la dirección?
—Jardines de Montecarlo, Pabellón Botánico. En la carretera de Extremadura. Hay un luminoso que se ve desde la autovía. Yo soy Elena.
Pilar anotó la dirección sin hacer ningún comentario. Colgó.
—¿Jardines de Montecarlo? —dijo Charo—. Así, ¿sin número ni piso ni nada?
—No sé, chica. Es lo que me ha dicho —respondió Pilar, ya cogiendo las llaves de la furgoneta—. Prepara los embalajes grandes. De esta nos vamos a acordar.
Tardaron treinta minutos. La M-30 estaba sorprendentemente despejada. Cuando salieron de la autovía empezaron a aparecer carteles luminosos anunciando comuniones, bautizos y bodas con barra libre hasta las seis. El de Jardines de Montecarlo se veía desde varios cientos de metros.
Pilar aparcó junto a una limusina blanca y dos autocares. La música llegaba desde el jardín.
La encontraron en la puerta, con el vestido de novia puesto. Algunos pétalos seguían aferrados a la cola. Llevaba los zapatos en una mano y un cigarrillo encendido en la otra. Ambos parecían pesarle lo mismo.
Pilar miró hacia el jardín. Las doscientas sillas seguían alineadas frente al altar. El cuarteto tocaba con una profesionalidad conmovedora. Un camarero rellenaba copas de champán. Una niña perseguía pompas de jabón entre las mesas y, junto a la pista de baile, un hombre sin corbata insistía al DJ en que pusiera Devórame otra vez.
El novio no estaba.
—¿Elena?
—Sí.
—Venimos de Mudanzas Cariño. —Pilar miró alrededor—. Perdone, pero… aquí hay una boda. Nosotras hacemos mudanzas.
—Claro. Por eso las he llamado. —La novia señaló el jardín con el cigarro—. Quiero que se lo lleven todo.
Pilar siguió la dirección del cigarrillo.
—¿Todo? ¿Y por qué?
La novia aspiró una última calada y contempló el jardín.
—Porque está perfecta.
No era la primera vez que encontraban a alguien llorando durante una mudanza. Tampoco la primera que alguien necesitaba desaparecer con urgencia. Años atrás habían vaciado un chalet entero en Majadahonda antes de que regresara el marido de un viaje de negocios. Pero era la primera vez que alguien pretendía guardar una boda.
Pilar asintió.
—Charo, trae los rollos de plástico de burbuja.
Empezaron por los cuatro arcos metálicos del jardín, todavía enredados en glicinias y peonías de tela. Después desmontaron el neón de ALL YOU NEED IS LOVE, que requirió una escalera, la intervención de un camarero y más tiempo del razonable. Elena insistió en que también guardaran los carteles de las mesas: Ibiza, París, Tánger, Cadaqués. Había tardado semanas en decidirlos.
Guardaron los paraguas de papel blanco para el sol, los pai-páis por si hacía calor, las mantas para cuando refrescara y las alpargatas para los invitados, ordenadas por tallas en cajas de madera.
Aquella boda parecía preparada para cualquier imprevisto.
Salvo para el que había ocurrido.
A las dos de la madrugada, el jardín de Jardines de Montecarlo parecía un decorado desmontado entre actos. Quedaban las marcas en la hierba donde habían estado las mesas, las sillas y la tarima del baile. El neón de ALL YOU NEED IS LOVE había desaparecido. También las guirnaldas de bombillas, los carteles y los arcos florales.
El contenedor esperaba junto al aparcamiento, ya casi lleno.
Elena se sentó sobre una de las cajas de embalaje. Pilar se dejó caer sobre otra y encendió un cigarrillo de los suyos.
—¿Sabes lo que guardamos durante años en el contenedor del abuelo Vicente? —dijo Pilar, mirando hacia delante—. El Guernica. O eso dice la familia.
—Venga ya. Eso es imposible.
—Puede ser. La verdad es que ya no queda nadie vivo para desmentirlo.
—Entonces no sabéis lo que había dentro.
—Ni idea. Pero es una historia que nos gusta contar. Lo que sí sé es que un guardamuebles sale carísimo. Hemos tenido muebles guardados más tiempo del que duró el matrimonio donde estuvieron. ¿De verdad piensas conservar todo esto?
Elena recorrió con la mirada las últimas cajas apiladas junto al camión.
—No lo sé. No quiero ni pensarlo. Haced lo que queráis con todo, de verdad. Yo ya no puedo más.
Pilar asintió.
—Eso déjanoslo a nosotras.
Charo se acercó con una botella de agua y se quedó a su lado.
—Mira —dijo—, yo no me voy a quedar con las ganas de saberlo.
—¿El qué? —preguntó Elena.
Charo se encogió de hombros.
—Dónde está el novio.
—La última noticia que tuve de Álvaro es que estaba encerrado en un baño con mi prima.
Pilar guardó silencio. Después se levantó, le tendió la mano a Elena y la ayudó a incorporarse.
—Venga. Dame la dirección de tu casa, que te llevamos.
Luego se volvió hacia Charo.
—¡Charo!
—¿Qué?
—Arranca el camión, que nos vamos.
—¿A dónde?
—A llevar a la novia a casa.
A las once de la mañana del día siguiente, Álvaro Fernández abrió la puerta de su chalet en Boadilla para recoger el periódico.
Tardó varios segundos en comprender lo que estaba viendo.
Los cuatro arcos metálicos cubiertos de flores ocupaban la entrada. El neón de ALL YOU NEED IS LOVEparpadeaba sobre el seto. Las guirnaldas colgaban de los árboles. Los carteles de las mesas —Ibiza, París, Tánger, Cadaqués— se alineaban a lo largo del camino de acceso.
El carrito de las chucherías bloqueaba el garaje. Los vecinos observaban desde las ventanas. Algunos grababan con el móvil. En el centro del jardín habían colocado un cartel de Mudanzas Cariño. Debajo, pegado con cinta adhesiva, un sobre.
Álvaro lo abrió.
Dentro encontró una única nota:
La boda estaba perfecta.
Nos pareció una pena desperdiciarla.
LO TUYO ES LO NUESTRO.
Mudanzas Cariño

