Melancolía sin autocompasión
Hace unos días tuve uno de esos golpes de suerte completamente inmerecidos: conseguí comprar entradas para Los Strokes. Cinco minutos después descubrí que estaban separadas, así que volví a entrar, convencida de que ya no quedaría nada. Contra todo pronóstico, conseguí otras dos. Cuando cerré el ordenador tenía cuatro entradas para un concierto que llevaba años queriendo ver y la sensación de haber agotado toda la suerte que me correspondía este verano.
Mientras ponía a la venta las que me sobraban me di cuenta de la ilusión desmedida que me hacía quedarme con las mías. No soy una persona especialmente mitómana; de hecho, no logro entender demasiado esa necesidad de idolatrar a alguien y desconfío un poco de cualquiera que convierta a otro ser humano en una religión. Pero, si tengo que reconocer una devoción casi irracional por un grupo, son Los Strokes. Y creo que sé por qué: en sus canciones hay tristeza, desencanto, fracaso, gente que se quiere mal o que llega tarde a decir lo que siente, pero nunca la sensación de que estén convirtiendo el dolor en una identidad. Y eso, últimamente, me parece casi revolucionario.
Porque hay un tipo de tristeza que me interesa mucho y otro que me aburre profundamente. La primera no necesita explicarse. La segunda viene acompañada de un libro, una newsletter, un carrusel de Instagram y una estrategia de contenidos digna de una salida a bolsa: la versión digital de una rueda de prensa para anunciar que te ha ocurrido algo terrible.
Hace tiempo que la catástrofe se convirtió en el nuevo máster de escritura creativa. Cuanto más aparatosa, mejor; hay que contarlo todo: las migas del desayuno, el mensaje de las 2:14, la canción que sonaba en el coche. Y, sin embargo, con los años admiro más a la gente que consigue hablar de las cosas serias sin convertirlas en un monumento a sí misma. Por eso mi canción favorita de Los Strokes sigue siendo Hard to Explain. No sabría justificarlo del todo, pero siempre he sentido que ahí estaba esa forma de mirar el mundo: melancolía sí, autocompasión ninguna.
Hay una serie británica que se llama Fleabag y que, si todavía no la has visto, te envidio un poco. Su protagonista acaba de perder a su mejor amiga, su familia es un desastre, toma decisiones espantosas y utiliza el sexo como quien utiliza un extintor: sin demasiada esperanza de que funcione. Y, sin embargo, es una de las cosas más graciosas que he visto nunca. Lo extraordinario de Fleabag es cómo trata el duelo, porque nunca lo convierte en espectáculo. No subraya el dolor ni dice: «Fíjate qué importante es esto». Confía en que seas tú quien encuentre la tristeza entre los chistes.
Lena Dunham juega en la misma liga con Girls: su personaje se equivoca de trabajo, de pareja, de casi todo, y encadena una humillación tras otra que la serie siempre cuenta en clave de comedia, nunca de tragedia. Y por la misma razón enseñaba su cuerpo constantemente, sin buscar dignificarlo, casi siempre en las situaciones más ridículas posibles. En su momento aquello supuso un pequeño terremoto. Solemos confundir la profundidad con el drama: cuantas más aristas mostremos, más interesantes creemos parecer. Pero hacer reír a alguien es mucho más difícil que hacerlo llorar, y contar una tragedia desde el humor exige mucha más inteligencia que contarla desde la solemnidad.
No termino de entender por qué hay tanta gente empeñada en parecer profunda cuando ser ridícula es infinitamente más difícil. Estoy cada vez más convencida de que hay muy pocas formas de sofisticación mayores que reírse de uno mismo antes de que lo haga otro.
Con el tiempo me he dado cuenta de que mi debilidad por esa forma de estar triste empezó mucho antes de descubrir a Los Strokes.
Antes de Julian Casablancas estaban Bad Religion, NOFX, Lagwagon, Millencolin, No Use for a Name o MxPx. Durante años fui una adolescente completamente obsesionada con el punk melódico californiano. Hay algo precioso en contar una desgracia a doscientos veinte pulsaciones por minuto.
Con catorce años pasé un verano en Winchester. Entré en una tienda de discos y me hice amiga del dueño porque los dos éramos unos auténticos pesados del punk melódico californiano. Un domingo me preguntó si quería acompañarle a misa.
Durante todo el camino estuve convencida de que había entendido mal. No porque mi inglés fuera malo, sino porque daba por hecho que “church” debía de ser el nombre de un pub, una sala de conciertos o cualquier cosa que yo desconocía. Hasta que doblamos una esquina y apareció una iglesia. Una iglesia de las de toda la vida.
Nunca he sido especialmente creyente, pero acepté. Me pareció una oportunidad magnífica para vivir una experiencia antropológica.
Dentro había una batería, varias guitarras eléctricas, amplificadores y un sacerdote que parecía encontrar todo aquello perfectamente normal. Yo no dejaba de mirar el escenario improvisado intentando averiguar cuándo empezaba la misa y cuándo empezaba el concierto.
A mitad de la homilía, el sacerdote anunció algo así como: «Y ahora, recibamos a nuestros invitados de hoy». Se abrió una puerta lateral y aparecieron los MxPx, que cruzaron el altar con toda naturalidad, enchufaron las guitarras y se pusieron a tocar delante del crucifijo como si aquello ocurriera todos los domingos.
Sigue siendo, con bastante diferencia, la cita más extraña que he tenido nunca.
Pero aquella mañana entendí dos cosas. La primera, que la Iglesia anglicana era infinitamente más entretenida de lo que me habían vendido. La segunda, que si los grandes dramas de la vida se pueden contar con dos guitarras eléctricas y una batería, este mundo era más raro y a la vez bastante más habitable de lo que siempre había pensado.

