Inzersdorfer Ravioli
Crónicas del abandono
Ese jueves a las 12:46, el teléfono de Doña Dolores Calderón —compradora veterana de teletienda e iniciada, a su pesar, en los misterios del tarot televisivo de madrugada— vibró con una notificación urgente.
Para entonces llevaba once meses lidiando con el abandono de un sujeto que confundía intensidad con cariño y vanidad con carácter.
Se trataba de un mensaje del Ministerio de Asuntos No Resueltos, un organismo que hasta ese momento le había parecido tan ficticio como las garantías de los aparatos de cocina que compraba a horas intempestivas.
Cita obligatoria. Sala de Casos Abiertos. Motivo: revisión de pendientes emocionales. Y en letra pequeña, un poco más abajo: No intente responder a este mensaje, el sistema no procesa evasivas.
Lola dejó el teléfono sobre la mesa, entre un cortador de verduras multifunción que nunca había usado y un masajeador cervical que vibraba con sospechosa intención. Necesitaba unos segundos para que la palabra ministerio no la devolviera directamente a la cama.
Entró en la cocina. Los azulejos sesenteros reflejaban la luz azul de la mañana. Sobre la mesa había un par de tazas sin fregar que parecían llevar ahí exactamente lo que llevaban: demasiado. El gato pasó detrás de ella, arrastrando la cola. Lola encendió un cigarro y se lo dejó colgando de la comisura del labio mientras buscaba algo rápido que llevarse al cuerpo. Al fondo del armario apareció una lata de Inzersdorfer Ravioli, su marca de raviolis alemanes favorita, que reservaba para cuando la vida decidía ponerse conceptual. La abrió con uno de esos artilugios absurdamente sofisticados que había comprado por teléfono, inclinando un poco la cabeza para que la ceniza no cayera dentro. Probó tres bocados a desgana y abandonó la lata abierta en la encimera.
Después pasó al baño y se duchó deprisa; el vapor se pegó al espejo en cuestión de segundos, borrando cualquier intento de verse. Al salir, el gato la esperaba en el pasillo.
Se secó como pudo, se pintó los labios de rojo con un gesto automático y se dio un toque rápido de máscara. Luego se puso el abrigo de leopardo. No hacía frío, pero nadie en su sano juicio va en bata a un ministerio, por muy improbable que este le parezca. Mientras se lo ajustaba, pensó fugazmente en que llevaba demasiados días sin salir de casa.
La dirección indicada conducía a un edificio gris, del tamaño de su tedio. En el vestíbulo, el reloj marcaba las 14:00 y un cartel luminoso rezaba: Si le parece absurdo, es que está en el sitio correcto. Eso la tranquilizó más de lo que estaba dispuesta a admitir.
En la Sala de Casos Abiertos encontró a un solo funcionario. Un hombre delgado, con cara de haber agotado lo que la vida ofrecía de interés, hojeaba su archivador como quien consulta la sección de necrológicas del día.
—Doña Dolores Calderón —dijo, sin saludar—. Tome asiento. Tenemos un… acumulado. Ha dejado usted demasiadas cosas sin cerrar.
Lola pestañeó.
—¿Cómo dice?
—Pendientes emocionales —repitió él con la mirada resignada de quien ha catalogado más ruinas afectivas de las razonables—. Mire, tiene usted varias solicitudes sin tramitar: una conversación que no tuvo, tres decisiones pospuestas, dos arrepentimientos sin formalizar y un abandono sentimental completamente fuera de plazo.
Lola sintió una punzada desagradable.
—Yo… pensé que eso lo llevaba una psicóloga —balbuceó.
—Con todo respeto, señora Calderón, la psicología no alcanza para esto. —El funcionario abrió el archivador—. Vamos por orden. Tiene aquí una queja retenida desde hace once meses. Literalmente, once meses en cola. Es sobre su expareja.
Ella se tensó.
—No sabía que se podía registrar una queja de ese tipo.
—Se puede, y de hecho lo tramitamos a diario. Algunos abandonos acumulan más incidencias que una ciudad en hora punta. —Le pasó el documento—. Fírmelo para liberarla.
Lola leyó. Era una queja sencilla: Abandono unilateral no justificado. Le pareció humillante. No por la queja en sí, sino por firmarla allí, frente a un desconocido con corbata y sello.
—¿Y si no la firmo?
—Pues se queda bloqueada. —El funcionario dio un suspiro trágico—. Y lo bloqueado se estanca. Y lo estancado… fermenta. No es agradable.
Lola firmó sin mirar.
El funcionario pasó a la siguiente carpeta y la levantó con cierta reverencia profesional.
—Aquí consta la decisión que evitó tomar durante estos meses.
—¿Cuál?
—La de qué hacer con los regalos que recibió de él—dijo, señalando la carpeta—. Están todos registrados: pulseras, libros dedicados, ese reloj que nunca llegó a funcionar. Tiene que deshacerse de ellos. —La miró por encima de las gafas—. O hacer lo contrario: guardarlo todo en cajas. El sistema no juzga, pero hay que elegir.
—No sé qué elegir —murmuró.
—Por eso está aquí. —El funcionario señaló dos casillas en el formulario—. Conservar o Soltar. Solo una. Evite pensar demasiado. El pensamiento prolongado perjudica el trámite.
Ella cerró los ojos un segundo y marcó Soltar y el funcionario selló con un golpe seco: Pendiente cerrado con éxito.
—Listo. Se dan por cerrados sus asuntos. —Levantó una mano sin mirarla mientras anotaba algo en el formulario—. Una cosa más: me veo en la obligación de aconsejarle que evite, durante unos días, cualquier exposición innecesaria a canciones melancólicas de los años noventa. Ya sabe, Roxette y compañía… Activan el formulario 14-M. Es muy sensible.
Ella frunció el ceño.
—¿Qué ocurre si lo activo?
—Se genera una incidencia de eco afectivo —respondió él con una calma inquietante—. Emociones pasadas vuelven sin avisar y hacen cola en su expediente. Es un caos administrativo. No se lo recomiendo.
—¿Y… ya está? —preguntó Lola.
—Ojalá. Si el eco es intenso, deriva automáticamente en el formulario 42-P, que activa lo que en interno llamamos una pareja provisional compensatoria.
Lola lo miró sin comprender del todo.
—¿Una qué?
—Un novio parche, básicamente —aclaró él—. Dura poco, complica mucho y luego hay que archivarlo todo otra vez. Nos da muchísimo trabajo. Mejor evitarlo.
El funcionario pasó una página y añadió, con tono administrativo impecable:
—Además, el Ministerio le ofrece, de forma absolutamente gratuita, el Bono de Acompañamiento Emocional. Este incluye un bloqueo preventivo para mensajes impulsivos a su ex, tres cupones de respiración profunda y un vídeo motivacional con un índice de satisfacción medio-alto según la última evaluación interna. Si lo desea, puedo activárselo ahora mismo, señora Calderón.
Lola se levantó despacio. Desde la puerta preguntó:
—¿Y ahora qué hago?
El funcionario se encogió de hombros.
—Lo que quiera. —Volvió a su archivador—. Cuando se vacían los pendientes, siempre queda un espacio. Úselo como mejor le parezca. El Ministerio no interviene en el siguiente paso.
Eran las 15:10 y Lola salió al pasillo con una ligereza confusa. Notó que respiraba mejor.
Al llegar a casa, el gato estaba en la encimera, lamiendo con devoción los restos fríos de la lata de raviolis. Al verla, alzó la cabeza con esa inocencia impostada de quien ha sido sorprendido in fraganti. Lola cogió la lata, casi limpia, la sostuvo un instante y la soltó en el cubo sin ceremonia.
Abrió las ventanas. Entró aire fresco. Luego buscó en la despensa un paquete de pasta fina que llevaba tiempo reservando para un día especial, aunque nunca hubiera sabido explicar qué día era ese. Puso agua a hervir y, mientras esperaba, dejó que un poco de mantequilla se templara en una sartén con unas hojas de salvia fresca hasta que el calor despertó el perfume. Escurrió la pasta, la pasó directamente a la mantequilla suave que la envolvió y añadió un toque de ralladura de limón.
Tenía la sensación extraña de que podría pasarse el día entero preparando cosas así solo para ella, sin dar explicaciones a nadie.
El gato rondaba sus pies, atento al aroma tibio y limpio de la pasta con un interés mucho mayor del que jamás mostró por los Inzersdorfer. No había urgencias ni trámites. Solo el vapor ligero del plato recién hecho, la promesa de un bocado sereno y, sobre todo, ese espacio recién abierto que podía ocupar como quisiera.


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Cuánto he disfrutado leyendo esta maravilla…