Coitus interruptus
No estaba enamorada, pero estaba desnuda, que es una forma mucho más práctica de empezar ciertas historias. Él parecía concentrado, una cualidad infravalorada en los hombres y sorprendentemente tranquilizadora en un desconocido.
Me había dicho su nombre mientras bailábamos en un concierto, y fue a la salida cuando me propuso ir a su apartamento. Con tan pocos datos como para formarme una idea clara, la casa parecía dispuesta a completar el retrato mental que yo empezaba a esbozar de él. Una silla de diseño en el salón, colocada con esa despreocupación que siempre es deliberada, una obra abstracta de gran formato ocupando la pared principal y una cocina integrada donde el único objeto expuesto era un exprimidor de Philippe Starck.
Mi amiga Marta siempre dice que no tengo buen ojo con los hombres. Esa noche pensé que exageraba.
Mientras me quitaba la ropa, me descubrí intentando adivinar a qué se dedicaba, no por curiosidad real, sino porque ponerle un oficio me ayudaba a entender qué clase de hombre se lleva a una desconocida a casa después de un concierto y la recibe con un orden tan estudiado.
En mitad del sexo se incorporó de repente, como si hubiera recordado algo importante.
—Voy al baño un segundo —dijo—. Ahora vuelvo.
Asentí por pura inercia, mientras una parte de mí, todavía alterada, intentaba entender qué había podido pasar.
Le oí caminar descalzo por el pasillo. El interruptor. El agua.
Me quedé sentada en el sofá, observando mi ropa esparcida por el suelo. Pensé en qué decirle cuando volviera, cualquier cosa ligera que nos metiera otra vez en el juego. No conseguía recordar su nombre.
El agua seguía corriendo.
Me di cuenta de que estaba haciendo tiempo, que es una forma bastante sofisticada de no enfrentarse a nada en concreto.
Luego se oyó un golpe seco.
Esperé.
Al principio no me inquietó el silencio. Los baños son lugares donde el tiempo se estira sin motivo. Me puse su jersey, me levanté y di un par de pasos hacia el pasillo.
—¿Todo bien? —pregunté.
No contestó.
Abrí la puerta despacio. Estaba en el suelo, tumbado, con una mano bajo el pecho y la otra abierta. El cuerpo aún conservaba una forma reconocible, pero ya no era un cuerpo disponible.
No grité. Me quedé apoyada en el marco de la puerta, intentando entender qué parte de aquello me correspondía.
Le toqué el hombro con dos dedos. Estaba tibio. Demasiado quieto.
Volví al salón, cogí el teléfono y llamé a emergencias. Cuando me pidieron la dirección dudé. Me sorprendí a mí misma pensando más en lo rápido que se había complicado la noche que en lo dramático de la situación. Salí al rellano aún con la operadora al teléfono, miré la letra en la puerta, volví a entrar. Bajé a la calle para comprobar el número del portal.
La policía tardó menos de lo que esperaba. Cuando llegó yo estaba sentada en el sofá, todavía con su jersey puesto. La casa empezó a llenarse de gente que parecía saber exactamente qué hacer. Alguien fue directo al baño, alguien se quedó en el pasillo, alguien me hacía preguntas.
Yo me limitaba a contestar, mirando un punto fijo del salón.
Le expliqué que se había levantado para ir al baño y que luego lo había encontrado en el suelo. Me preguntó si había consumido algo; le dije que no lo sabía. Después quiso saber si habíamos mantenido relaciones. Asentí.
Anotó algo y, tras una breve pausa, dijo que necesitaba saber si habían sido muy intensas. Me sorprendió que esa fuera una categoría medible. Dije que no lo sabía, que lo normal. Asintió con una expresión que parecía de comprensión. En algún momento dio por hecho que yo era su pareja y no tuve valor de decir que no. La versión de los hechos ya no me pertenecía y, sinceramente, no estaba segura de querer recuperarla.
Movieron el cuerpo con cuidado y alguien me ofreció una manta.
Al rato apareció el hombre de la funeraria. Traía carpeta negra y una educación impecable. Me preguntó si yo era familia y le dije que no exactamente.
Me explicó que había que elegir el ataúd como si estuviéramos cerrando una compra aplazada y me enseñó las distintas opciones: madera clara, madera oscura, una intermedia que definió como sobria. Miré un momento y le dije que ese estaba bien. Asintió. Luego quiso saber si sería incineración o entierro. Negué con la cabeza. Dije que no lo sabía. Anotó que quedaba abierto. Me pidió un documento que no tenía y terminó apuntando mi nombre y mi teléfono.
Salí a la calle cuando aún no había amanecido del todo y llamé a mi amiga Marta.
—Tía —le dije—, creo que tengo que ir a un velatorio.
—¿Cómo que crees?
Se lo conté deprisa. Al otro lado hubo un silencio y después:
—Por favor, dime que no has matado a un tío de un polvo.
Le pedí que me acompañara. Me daba palo ir sola y accedió, aunque llegó al tanatorio con esa cara de quien todavía no entiende del todo por qué ha aceptado algo así.
En el tanatorio todo era blanco y plano, iluminado por fluorescentes que no favorecían a nadie. Entramos juntas, pero Marta se quedó medio paso detrás de mí, como si aquello fuera asunto mío, aunque no lo fuera en absoluto.
Una chica se me acercó. Tendría más o menos nuestra edad. Me preguntó si yo estaba con él la noche anterior. Asentí. Me dijo que era su hermana, me dio las gracias por haber venido y, tras una breve pausa, añadió que la policía les había dicho que tenía pareja. No lo sabían. Me preguntó cuánto tiempo llevábamos juntos. Le dije la verdad, que poco. Comentó, con una sonrisa triste, que a su madre le había hecho ilusión, que decía que ya era hora de que sentara la cabeza, aunque para lo que le había servido. Me ofreció presentármela. Le dije que lo sentía, que no iba a ser capaz.
No insistió.
Nos quedamos unos segundos en silencio, como si ya no quedara nada más que aclarar. Luego sacó de su bolso un reloj sencillo, bueno, con la correa algo gastada. Dijo que era suyo, que lo llevaba siempre, y que habían pensado que quizá yo querría quedármelo. Lo cogí sin pensar demasiado.
Marta apareció al poco. Había pasado a ver la sala y volvió con una expresión rara, mezcla de incomodidad y franqueza.
—Una pena —dijo en voz baja—. Era bastante guapo.
No supe qué contestar.
Luego añadió:
—No sabía que te gustaban los rubios.
Nos quedamos un rato. El justo. Al salir, Marta me pasó el brazo por los hombros.
—¿Café?
—Sí —dije—. Por favor.
Mientras caminábamos, miré el reloj que me habían dado. Me lo até a la muñeca. Me quedaba un poco grande.
Marta dijo algo sobre el café. Asentí sin escucharla.
Volví a mirar la hora. El reloj se había parado y me acordé de mi amiga diciendo que siempre tenía mal ojo con los hombres. Por una vez, no tenía argumentos en contra.
No volví a acostarme con nadie durante casi un año. No por duelo, sino por estadística: la muestra era pequeña, pero la correlación, preocupante. Según Marta, yo era, técnicamente, un peligro público. El reloj se quedó parado a las 23:40 y decidí no darle cuerda nunca. Me parecía de mal gusto que volviera a funcionar antes que yo.
Los domingos que no tenía ningún plan empecé a ir al cementerio. Me parecía mejor idea que quedarme en casa. Compraba un ramo de flores en el puesto de la entrada y me plantaba delante de una tumba con su apellido.
Había dos con el mismo nombre. Dudé con el segundo apellido —una letra los separaba, casi nada— hasta que miré la fecha de fallecimiento y coincidía con la que yo tenía en la cabeza. Ahí supe cuál era.
A Marta le gustaba mucho bromear con la lápida. Decía que, si no era él, seguro que alguien de su familia llevaba meses recibiendo flores gratis de una desconocida, y que esperaba que las disfrutaran.
Volví el mes siguiente. Y el siguiente. Empecé a vestir de negro, primero por pereza —combina con todo— y luego porque descubrí que nadie te pregunta nada si vas de luto. Es un salvoconducto social. Llegas tarde a una cena, dices “vengo del cementerio” y la mesa entera decide que no es buen momento para insistir en los motivos.
—¿Otra vez de negro? —me dijo mi madre un día.
—Estoy de duelo.
—¿De quién?
—De un desconocido.
Ella no volvió a preguntar. Creo que prefirió no saberlo.
La hermana y yo seguimos viéndonos, al principio por decencia y luego por costumbre. Un día, tomando un café, me confesó que su madre seguía pensando que yo era “la novia formal que por fin lo había centrado”. No la saqué del error. Algunas mentiras son más amables que la verdad, y esta, además, era gratis.
—Algún día vas a tener que decirle que ni siquiera sabías su nombre esa noche —me dijo Marta.
A veces pienso que, cuando conozca al hombre de mi vida, tendré que llevarlo al cementerio para hacer las presentaciones. Me parece lo correcto. Después de todo, nunca he tenido una relación tan larga con nadie.


Jajajajaja enganchado a esta historia….