Arcosanti
No quiero morir sin haber vivido una utopía
Hace unos días empecé una lista de lugares que quiero conocer antes de morir. No están ahí por el sitio en sí, sino por la idea que contienen, porque creo que hay una diferencia enorme entre visitar un edificio y colarte dentro de la cabeza de la persona que lo imaginó.
Arcosanti pertenece a la segunda categoría.
Ese lugar existe porque un señor llamado Paolo Soleri decidió, en mitad del desierto de Arizona, que todos llevábamos siglos construyendo las ciudades de la forma equivocada. En 1970, hizo algo que hoy probablemente justificaría una intervención familiar. Se fue al desierto con un grupo de estudiantes a levantar una ciudad para cinco mil personas, sin más plan que una teoría que él mismo había inventado y bautizado —con la modestia de quien no tiene ninguna— «arcología». Arquitectura más ecología.
Su propuesta, resumida sin hacerle justicia, era sencilla: las ciudades gastan demasiado. Demasiado suelo, demasiada energía, demasiado tiempo. Solución de Soleri: comprímelas. Que la gente viva más cerca. Que el paisaje se quede libre alrededor. Que los edificios dejen de pelearse con la naturaleza y empiecen, al menos, a intentar llevarse bien.
Hoy esto nos suena a charla TED. Soleri lo escribía hace más de cincuenta años, sin PowerPoint, sin financiación de ningún gobierno y, básicamente, gracias a la fuerza de brazos de gente que aceptaba mezclar hormigón bajo cuarenta grados porque un arquitecto italiano les había convencido de que estaban construyendo el futuro. Hay que reconocer que, como campaña de reclutamiento, era extraordinaria.
Arcosanti nunca llegó a las cinco mil personas. Se quedó —y se sigue quedando— en unos cientos. Es, literalmente, una utopía que no terminó de funcionar. Y esa es precisamente la parte que más me gusta.
La arquitectura tiene una relación rarísima con el tiempo. Construimos edificios pensados para durar siglos y las ideas que los sostienen suelen morir mucho antes que ellos. En Arcosanti ocurre justo lo contrario: la ciudad nunca llegó a cumplir la promesa de convertirse en ciudad, el proyecto es, técnicamente, un fracaso a cámara lenta y, sin embargo, la idea sigue viva. Terca. Plantada en mitad del desierto. Negándose a desaparecer.
No es un monumento a un éxito perfectamente empaquetado. Es un experimento a medio hacer que sigue ahí, cincuenta años después, incómodo y sin terminar. Como esas cenas donde alguien se ha ido antes del postre, pero la conversación continúa durante horas.
Cualquiera podía presentarse allí sin saber nada de arquitectura y acabar levantando bóvedas con sus propias manos. Aprendían a base de errores, hormigón en las uñas y golpes de calor. Miles de personas fueron hasta allí y dedicaron parte de su vida a construir una ciudad que probablemente nunca existiría del todo.
Cada vez admiro más a la gente que pierde el tiempo en cosas imposibles. Y tengo un plan: en algún momento de los próximos años voy a dejar mi vida en pausa y me voy a ir a Arizona un año entero, a una ciudad que nunca terminó de existir. Si vuelven los talleres de construcción, levantaré una bóveda. Y si no, me ofreceré como voluntaria hasta que alguien cometa el error de darme responsabilidades.
Se lo conté a mi madre.
—¿Pero hija, tú no tienes bastante con los cuarenta grados de Madrid?
La verdad es que no. Últimamente solo me interesan los planes que mi madre considera una mala idea.
Hay una estafa colectiva que consiste en creer que siempre habrá tiempo para las cosas que queremos hacer. Ya llamaremos a esa amiga que se mudó. Ya le diremos a alguien lo que sentimos. Ya dejaremos ese trabajo que nos aburre. Y de repente te das cuenta de que el “ya” es una palabra peligrosísima.
Sospecho que la vida no se mide por los sitios que has visto, sino por los proyectos dentro de los que has tenido la suerte de vivir.
No quiero fotografiar una utopía, quiero vivir dentro de una: levantarme temprano, desayunar un café, escuchar las campanas cuando empiece a moverse el aire y volver a casa con polvo del desierto en las zapatillas y las manos manchadas de barro. Quiero comprobar qué pasa cuando dejas de mirar una idea desde fuera y empiezas, aunque solo sea durante un tiempo, a formar parte de ella.
No creo que mi obligación sea salvar nada. Apenas consigo contestar todos los WhatsApps, así que sería bastante pretencioso pensar que soy yo la encargada. Y quizá ni siquiera haga falta: puede que las utopías no sirvan para transformar la realidad, pero sí nos recuerdan que casi nada es inevitable.
Así que, si hay una obsesión absurda que no consigues quitarte de la cabeza, un lugar al que sientes que tienes que ir o un proyecto que todo el mundo considera una pérdida de tiempo, quizá deberías hacerle un poco más de caso. Y si decides hacerlo, cuéntamelo. Me interesa muchísimo más la gente que persigue ideas desproporcionadas que la que siempre tiene un plan sensato.
Empiezo a pensar que las utopías, como casi todo lo importante, se viven mucho mejor en compañía.



